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Página 1 de 2 Nueva tendencia en el pensamiento feminista: la historiadora Yvonne Knibiehler afirma que la verdadera liberación de la mujer pasa por la defensa de la función materna. Y la británica Alison Wolf sostiene que, detrás de una supuesta reivindicación de todas las mujeres, el feminismo "traicionó" a las madres.
Con la publicación de sus memorias, tituladas ¿Quién cuidará a los niños? Memorias de una feminista iconoclasta, (Ed. Calmann-Lévy, 2007) la historiadora Yvonne Knibiehler, de 84 años, gran figura del feminismo francés, explica por qué la verdadera liberación de la mujer pasa necesariamente por la defensa de la maternidad.
Las memorias no interesan tanto por lo que tiene de singular sino por las afirmaciones críticas que Kniebiehler formula sobre el feminismo en general y por las preguntas que plantea sobre su incierto futuro. Kniebiehler rechazó siempre el tener que "elegir" entre vida profesional y maternidad: Así, vinculó sus "dos vidas, la de historiadora y la de madre", especializándose en la historia de la maternidad. Autora de La révolution maternelle depuis 1945 (1997) y de La Sexualité et l''histoire (2002), sus memorias vinculan la experiencia de varias generaciones.
La de sus abuelas, "mujeres de interior" de la pequeña burguesía de Montpellier en el S. XIX. La de su madre, que sólo tuvo educación primaria y habría deseado que su hija se convirtiera, como ella, en ama de casa ("El haber seguido estudios superiores, lo debo a mi padre"). Su propia generación —la de la descolonización, de los movimientos feministas y de los trastornos en las estructuras familiares...—, y también las de sus tres hijos (dos hijas y un hijo) y de sus siete nietos. Su obra abarca más de un siglo de historia, a lo largo del cual las identidades sexuadas evolucionaron dentro del marco de una mutación antropológica de tal amplitud "de la que ya no se ve el final". ¿Qué pasará con este feminismo europeo que, según ella, se presenta hoy como una inmensa "exhortación paradojal" a ser al mismo tiempo una buena madre y una mujer mundana? Tocará a sus bisnietos decirlo. El segundo nacerá en mayo.
- —Usted afirma que el feminismo equivocó el camino cuando decidió ignorar la maternidad. De hecho, en los 70 no era políticamente muy correcto tener hijos siendo militante...
- —No exageremos: en ese momento, había algunas intelectuales para defender la maternidad. Pero lo hacían poniéndose del lado del cuerpo. Alababan la belleza del embarazo, del parto... Personalmente, nunca me pareció lindo estar embarazada ni dar a luz. Lo que sí me pareció milagroso es el encuentro con ese pequeño ser que, desde las primeras horas de su vida, expresa cuán humano es. En eso disentí mucho tiempo con Simone de Beauvoir quien, en El Segundo Sexo, define la maternidad como un obstáculo a la vocación humana de trascendencia. Yo soy una hembra mamífera, sin duda, pero no soy un animal. Y mi relación con los hijos que traigo al mundo también está hecha de inteligencia, lo que abre precisamente la posibilidad de una superación, de una trascendencia. Algo que más tarde me permitió reconciliarme con Beauvoir, que percibe también perfectamente esa posibilidad: la mujer, escribe, "puede consentir en dar vida solamente si la vida tiene un sentido; no puede ser madre sin tratar de desempeñar un papel en la vida económica, política, social".
- —Por un lado las madres, por el otro, las feministas: al intentar reunirlas, usted tuvo muchas veces "la sensación de estar sentada entre dos sillas". Pero su recorrido de historiadora —dirigió la unidad de historia de la familia en la universidad de Provenza— no hizo más que reforzar su convicción.
- —Como feminista de la segunda ola (la de los años 60 y 70) fui, por cierto, marginal y discutida. ¿Por qué? Porque pese a apoyar las luchas de las militantes sobre la sexualidad, el control de la fecundidad, el poder o el trabajo, estaba convencida de que la maternidad sería una cuestión central de la identidad femenina. No podía sentirme satisfecha con la orden implícita: "Sé madre y callate". Mi profesión de historiadora, al igual que mi propia sensibilidad, me permitían afirmar que la maternidad no era solamente un desarrollo narcisista, un júbilo personal. Era también, en igual medida, una función social. Y yo estaba convencida de que ignorando esa función social, se ignoraba la mitad, por lo menos, de las realidades maternas. Desde entonces, los resultados de mis investigaciones no han hecho más que reafirmar esa certeza. El feminismo debe ante todo repensar la maternidad: todo lo demás se dará por añadidura.
- —Escribe que el feminismo adolece de "una debilidad congénita": la transmisión de la identidad sexuada es mucho más difícil para las mujeres que para los hombres. ¿Por qué esa diferencia?
- —Para un padre es relativamente fácil enseñarle a su hijo a ser hombre, porque hacerlo sólo pone en juego a sus respectivos egos. Pero entre madre e hija, la transmisión pone en juego la vocación misma de la especie humana. Lo que una madre le enseña a su hija es que en la reproducción de la especie todo su cuerpo está comprometido, profundamente. O sea, en un ámbito que roza lo sagrado, que es imposible laicizar totalmente. Por más que los médicos hayan explicado totalmente el proceso de engendrar, de la gestación, del parto, se invierte tanta energía en el nacimiento humano que éste sigue siendo sagrado, y la madre con él. Ahora bien, si yo quiero criar a mi hija como un ser inteligente y culto, puedo hacerlo. Pero no sé decir qué exige en mí la maternidad. Eso solamente puede transmitirse por el modelo y ese modelo se impone actualmente en forma menos evidente, menos natural que antes.
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